Aún cuando dormía, seguía siendo perfectamente imperfecta, tan frágil, tan bella...
Parecía que todo ésto de Yeray, la fiesta, y las movidas, habían hecho que por un momento me olvidara de aquello que me aterraba. Pero ni mucho menos de haberlo olvidado, aquí estába, tumbado en la cama junto a ELLA, mirando hacia el techo, en la oscuridad, sin parar de darle vueltas a la idea de que era cuestión de días que Ángela se fuera.
Todo parecía muy frustante, muy trágico... pero... ¿era eso verdad?
Tan sólo la conocía de apenas dos días, no podía en tan poco tiempo haberme enamorado de ella, no, no era así, no sé lo que me pasaba, pero eso NO era.
Parecía más bien que intentaba convencerme a mi mismo de ello, y al parecer, no daba resultado. Sí, así eran las cosas, de buenas a malas, me había enamorado de aquella chica con cara de Ángel (irónico, ¿no?) que descansaba a mi lado, lo quisiera o no.
-Ángela...- me sorprendí a mí mismo susurrando su nombre antes de caer dormido, antes de que la oscuridad...
Un olor a tostada recién hecha reactivó mi mente y me hizo despertarme. Miré a mi lado y no encontré lo que buscaba, por un momento me asusté, pero luego me dí cuenta de que no debía.
-El desayuno está listo, dormilón.-dijó asomándose por la puerta, con una sonrisa, su sonrisa.
-Hmm, ¿es eso una invitación?
-Tal vez, tu me invitaste a cenar, ¿por qué no?
-Esta bien, no veo por que no aceptarla.-me levanté de la cama, me vestí, y fui a la cocina para desayunar junto a ella.
Cogí una tostada y la di un bocado.
-Bueno, ¿que le apetece a usted hacer hoy, señorita?-la pregunté dando un trago a mi taza de leche.
-Pues, la verdad es que no tenía pensado nada, pero no sé, me apetece ir a algún lugar bonito.
-Eso puedo hacerlo.
-Sorpréndeme.